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NUEVA PUBLICACION SOBRE LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA
El CEM y el Ayuntamiento de Ciudad Rodrigo editan la obra de Tomás Pérez Delgado, premio de Investigación Julián Sánchez "el Charro".


El Centro de Estudios Mirobrigenses y el Ayuntamiento de Ciudad Rodrigo acaban de publicar la obra Guerra de la Independencia y deportación. Memorias de un soldado de Ciudad Rodrigo (1808-1814), realizada por el profesor Titular de Historia Contemporánea de la universidad de Salamanca D. Tomás Pérez Delgado. La nueva publicación queda incorporada al fondo editorial del CEM dentro de la serie Trabajos de Investigación. Se trata de un riguroso estudio que saca a luz el manuscrito personal redactado por un soldado mirobrigense durante la guerra napoleónica y que permanecía inédito en el Archivo de la Catedral de Ciudad Rodrigo. Pérez Delgado pone en contexto este relato biográfico, integrando magníficamente la historia individual con la general. Todo ello dentro en un voluminoso estudio de cuatrocientas páginas, entre las que se incluye también la edición del mencionado manuscrito inédito.

Ofrecemos al interesado la Introducción completa de la obra elaborada por el autor.


Tomás Pérez Delgado

Guerra de la Independencia y deportación. Memorias de un soldado de Ciudad Rodrigo (1808-1814)

CEM y Ayto. de Ciudad Rodrigo, 2005.

400 págs., mapas, fotos y apéndice documental.

Precio: 20 €. Cómo hacer un pedido


INTRODUCCIÓN

Dice Robert Graves en la Introducción de su novela sobre las andanzas del Sargento Lamb que utilizó a este soldado irlandés, muy representativo de su época, para comprender el problema de la separación de las colonias americanas de Inglaterra. Graves basó su texto en el libro que el propio Lamb dedicó a narrar sus peripecias y que escribió “como una memoria fiel de acontecimientos interesantes”. Interesantes ciertamente para él que los vivió. Pero también para otros muchos, sin duda, pues las consecuencias de los grandes acontecimientos históricos no respetan ni siquiera a quienes quieren ignorados.

Tiempos duros los del sargento Roger Lamb. Primero sufrido combatiente y luego escritor voluntarioso al que los editores no prestaban atención. Su manuscrito les parecía un Lázaro, un cadáver maloliente, un pésimo negocio: era muy extenso, tenía como centro a una persona "insignificante" y, por añadidura, molestaba mucho -le dijeron-. Al fin Y al cabo corría el año del Señor de 1808 y recordar una guerra vergonzosa -por perdida- no interesaba demasiado en Ingla­terra, quizá porque los regimientos que Wellesley dirigía entonces en Portugal eran los mismos que hacía pocos años habían combatido al otro lado del Atlán­tico. Lamb, sin embargo, contestó a uno de sus posibles editores, el viejo Mr. Courtney: "¿Sabe usted, señor, cuándo los viejos veteranos hablan con más calor y seriedad de los azares, las fatigas, los triunfos y las travesuras por que han tiempo con orgullo se hallan de nuevo ardientemente comprometidos, como ahora. ¿Puede, por consiguiente, un tema como la guerra americana llamarse 'un Lázaro', salvo en el sentido de que Lázaro fue, por un milagro, resucitado de entre los muertos y aclamado por las multitudes?".

El caso Lamb puede ser de alguna utilidad, como referencia ilustre, al menos, de nuestro trabajo. La solución que finalmente dieron sus editores a la demanda de publicación del escritor-soldado fue la de partir el libro en dos pie­zas: una sería una obra de tono eminentemente moral, que conservaría la forma de unas Memorias, elaboradas, sin embargo, por alguien habituado a escribir, aunque partiendo del manuscrito de Lamb¡ la otra, la más importante, aquella en la que los editores veían un adarme de posible negocio, sería un diario auténtico y verdadero de la guerra americana. Ahora bien, esta parte, cuyo contenido los editores verificarían convenientemente, "incluiría las partes más generales e impresionantes de mi historia -cuenta Lamb- y yo la engrosaría con extractos de obras biográficas y memorias de viajes dignas de crédito". Sin que pudieran columbrado, el resultado de la propuesta de los editores sería la conversión de Lamb en varias cosas: en un personaje histórico, en un personaje de ficción y, a la vez, en un escritor de recuerdos, como anhelaba.

También sin pretenderlo nadie, el azar ha dispuesto que el soldado Cipriano Calvo pueda por fin ver publicados sus recuerdos, transformándose definitiva­mente así, en en un protagonista de la Historia y también en el escritor que sin duda creía ser. Por eso su manuscrito -79 páginas, in octavo y encuadernado en piel- se recoge íntegro en el Apéndice de este libro¡ para evitar que el espectro de Cipriano Calvo se me aparezca y me reproche airadamente -como hizo en vida Lamb con sus picajosos editores- haber cortado una frase por vulgar, otra por con­fusa y así sucesivamente5, hasta dejar irreconocible el texto original. Los únicos cambios realizados en este corresponden a signos de puntuación, entrecomillados, cursivas y alguna corrección ortográfica, necesarios para facilitar su lectura. Ade­más, el que la relación de Cipriano Calvo sea el documento de un testigo de la Guerra de la Independencia y de la deportación padecida por muchos españoles a consecuencia de ella es lo que reviste al libro que presentamos del mayor valor que pueda tener. El resto de las páginas que siguen no pretende ser, pues, otra cosa que un esfuerzo explicativo del manuscrito y, de paso, una tarea de autentificación como la que querían hacer los editores de Lamb con sus memorias.

Ahora bien, si una relación olvidada como la de Cipriano Calvo es capaz de debelarnos siempre parte del secreto del pasado -en su caso la Guerra de la Inde­pendencia-, no es menos cierto que el mero hecho de exhumada no puede descubrir del todo el estado original en el que fue escrita. Porque la memoria cambia continuamente, de forma irrevocable. No es posible acceder al recuerdo prístino de Calvo en el trance de escribir su memorial, ni a la forma exacta que tenían en su imaginación los acontecimientos que manejó, ya que fueron modi­ficados en el mismo momento de pasarlos al papel, es decir, de reconstruirlos.

Ese es siempre el drama del historiador, que acopia información para con­formar con paciencia un collage de texturas, colores y materiales diferentes. Dis­pone para ello de una cierta imagen primera del objeto de estudio; luego se sirve de la documentación de que pueda disponer; y retoca, elabora, compone, cam­bia, matiza y perfila. Lo que es claro es que, al final, los materiales empleados pierden algo de la consistencia que les era propia, pues quedan a disposición del conjunto en el que se integran.

En cualquier caso, hoy, en el año del Señor de 2004, creemos que puede tener algún sentido la edición del largo memorial escrito por un soldado español que combatió en el sitio de Ciudad Rodriga y que fue deportado a Amberes. Y eso, por varios motivos o finalidades: en primer lugar, para rendir el tributo que debe hoy satisfacer todo profesional que se precie a la memoria de las gentes comunes, de abajo, en una dedicación historiográfica usualmente apodada de social; en segundo lugar, para recuperar el peso e importancia de la historia gene­ral, o por arriba, a veces obviada por un cultivo de lo local que menosprecia los marcos más globales, sobre todo si -pecado de los pecados- incluyen estos la his­toria política y militar; finalmente, para rememorar los tiempos en que los españoles se constituyeron como nación moderna, a lo largo del proceso revolu­cionario desarrollado de 1808 a 1814. Tuvo lugar este durante una guerra yeso plantea el primer problema. Porque los europeos mantenemos hoy una relación muy especial con el hecho bélico. Nuestros Estados y nuestras sociedades se han desarrollado históricamente bajo el terrible y muy directo impacto de la guerra. Sin embargo, tras la desastrosa experiencia de los dos conflictos mundiales y de los riesgos de exterminio total implícitos en la guerra fría, se ha impuesto la lau­dable voluntad de hacer de la paz el principio irrenunciable del orden internacio­nal. Subsisten ciertamente en muchas partes del mundo, incluso hasta hace poco en la Europa balcánica, tensiones militares entre Estados y guerras asoladoras entre comunidades nacionales en el seno de un mismo Estado. Pero los habitan­tes de la Unión sólo conciben ya sus ejércitos como garantía disuasoria de posi­bles amenazas externas a su seguridad y como agentes de pacificación en los desgarros bélicos que aún se siguen produciendo.

De ahí que la historia militar tenga hoy día poco predicamento. Incluso entre los mismos cultivadores de la disciplina de Clío. Porque junto a las razones que hacen ver hoy la guerra como la más detestable manifestación de la cultura de la violencia6, existe una especie de desprecio manifiesto en la historiografía hacia el estudio de los conflictos militares. Y no es de hoy. Desde que en el perí­odo de entreguerras se produjo el giro epistemológico que terminó en la funda­ción de los Annales, cada vez han sido menos los historiadores que se han ocu­pado del fenómeno bélico. Los grandes hechos económicos y su dimensión social han sido el casi exclusivo objeto de su atención. La historia política quedó mar­ginada, por considerársela como indignamente centrada en tiempos cortos, en la explicación de meros acontecimientos y en la excesiva atención a las grandes instituciones, a las luchas por el poder y al análisis de la actividad desarrollada por grandes personalidades.

No es que Lamb pensase que su vida fuera suficientemente digna de interés como para ser narrada. Si lo era en alguna medida, sería porque su destino personal se había cruzado con "acontecimientos interesantes". Nada menos que con uno de los nódulos centrales de la Historia occidental. El atractivo para los demás de la existencia de Lamb estribaba en haber vivido como infante británi­co -muy peculiar, desde luego- el proceso de la Independencia y la Revolución de los Estados Unidos.


Por otra parte, la relativamente reciente constitución del grandioso y pro­ductivo cajón de sastre de la historia social ha incidido en que ni siquiera en los programas que se explican en las facultades universitarias se atienda debida­mente al fenómeno de la historia de la guerra. Y mucho menos, que sea objeto de investigación. La guerra ha quedado, pues, relegada a la esfera del amateurismo, como campo de trabajo únicamente de los eruditos alejados de los ambientes de la historia profesional.

Sin embargo, desde que Georges Duby publicó su libro sobre la batalla de Bouvines, muchas cosas empezaron a cambiar. Se trató de un resonante hecho editorial. Uno de los más significados historiadores de las estructuras econó­mico-sociales de la Edad Media volvía su mirada a uno de los momentos decisi­vos en el largo proceso de la conformación de Francia. Con el pequeño libro de Duby retornaba, pues, el respeto por el estudio del acontecimiento, del tiempo corto, de la política y de la guerra.

Y no era el único golpe asestado al indisputado dominio en los ambientes profesionales de los tres grandes paradigmas científicos bajo los que se cobijaba la historiografía -el de los Annales, el de la New Economic History y el de raíz, más o menos lejana, sociológico-marxista-. Oliver Stone se encargó de popularizar en un famoso artícul08las insuficiencias constatables en los desarrollos de esos tres para­digmas y su olvido intencionado del tradicional método de exposición narrativa.

Stone constató una tendencia al agotamiento. En primer lugar, porque el impreciso aire de determinismo económico, espacial y demográfico que recorría las obras inspiradas en el seguimiento de aquellos tres paradigmas ofrecía una evidente resistencia a la emergencia de lo historiográficamente nuevo. En segun­do lugar, porque los mismos historiadores habían llegado a experimentar un hondo desaliento ante la imposibilidad de reproducir construcciones tan genia­les como las de Braudel o Bloch, por ejemplo. En tercer lugar, porque las histo­rias sujetas a los tres grandes paradigmas habían dado lugar en algunos casos a libros colosales, pero de lectura imposible para la gran mayoría de ciudadanos, cuando no a complejos textos descarnados donde los procesos descritos carecían de sujeto. Finalmente, porque el propio sistema de escritura de la historia cientí­fica resultó dañado al potenciar el análisis frente al relato, que era el método expositivo que había hecho de la historia en el siglo XIX una forma de cono­cimiento de amplio eco editorial y ciudadano, Lo curioso del fenómeno de crítica y abandono parcial de la gran teoría es que lo han abanderado historiadores profesionales muy reputados como annalis­tas, cliómetras o marxistas de reconocido prestigio. Han sido ellos -los Cipolla, Leroy Ladurie, Ginzburg, Theodor Zeldin, etc.- quienes han vuelto a primar el estudio de lo concreto, del acontecimiento, de las instituciones, de los persona­jes, de la política y de la guerra. Y siguiendo para ello el viejo método narrativo propio de la historiografía clásica del siglo XIX.

Semejante revolución ha convertido en campo de la historia todo lo real, incluyendo la política y la guerra, lo privado y las vivencias cotidianas, lo cultu­ral y lo religioso y, desde luego, las peripecias biográficas de los individuos. Pero no sólo las delos grandes estadistas o la de los capitanes de industria, sino tam­bién las de los hombres ordinarios.

Así pues, en este nuevo ambiente, creemos que puede ser interesante escri­bir sobre guerra y deportación en la etapa de 1808-1814, realizando una historia militar y también una historia política y social. Es decir, analizando la política y también la política por otros medios, con su inevitable cortejo de catástrofes huma­nitarias, que es hoy día el punto de atención preferente de la opinión pública ante los hechos bélicos. Siguiendo para ello el hilo conductor de un personaje ordina­rio, común, un soldado de la Guerra de la Independencia, Cipriano Calvo. Cir­cunscribiendo todo el trabajo al espacio en que desenvolvió su existencia como combatiente y como exiliado. Y reduciendo el ámbito de estudio a las cuestiones que él consideró esenciales, a los personajes con los que se cruzó su destino, aun­que dando también la necesaria relevancia a cuestiones que no le preocuparon o que no consideró fundamentales y que, sin embargo, un historiador valora por encima de todo. Aquel hombre tuvo humor y decisión suficientes como para escribir durante su cautiverio una larga relación sobre los problemas políticos que llevaron a la Guerra de la Independencia; sobre una de las batallas del pro­pio conflicto, como fue el sitio de Ciudad Rodriga de 1810, en el que participó; sobre su marcha posterior a la deportación con el resto de la guarnición; y, final­mente, sobre los famosos sucesos que transformaron en prisioneros a los solda­dos de tres regimientos españoles de la División del Norte, que se hallaban combatiendo integrados en el ejército napoleónico no en 1808 y que no pudieron unirse al resto de la unidad en su retorno a España.

Al hacer de esos acontecimientos el hilo conductor de nuestro trabajo, no hemos adoptado el mismo orden expositivo seguido por Calvo. Como señalaba en su libro Roger Lamb, lo literariamente más efectista al iniciar una relación de historia militar es comenzar, como Hornero, in medias res. Así lo hizo nuestro sol­dado, aunque fuera a costa de invertir el estricto orden cronológico de los aconte­cimientos. Cipriano Calvo comienza su manuscrito dando cuenta del itinerario de su deportación, finalizado en Amberes, porque sin duda este fue el suceso fundamental de su vida, el más impactante, el que lo convirtió en escritor. Conti­núa después con lo padecido por los soldados de La Romana apresados por los franceses y confinados también en Amberes, donde alguno de ellos contó a Cipriano Calvo lo sucedido en Dinamarca cuando se produjo la rebelión de la División del Norte. Prosigue luego Calvo con la narración de los sucesos políti­cos que dieron origen a todo, los que condujeron a la Guerra de la Independen­cia y que, a través de un diálogo entre un supuesto francés y un supuesto espa­ñol, él centra en los acontecimientos del cambio de dinastía en España y del inicio de la intervención militar napoleónica en el país. Y concluye su manuscri­to con una narración del asedio de Ciudad Rodrigo, causa inmediata de su cau­tiverio antuerpino, dando con ello una estructura circular a la composición de su relación. Contiene también ésta una larga oración inicial, quizá sólo útil para entender que el escritor era un hombre inequívocamente popular, así como una tabla de multiplicar, al final del texto, valiosa sin duda para mantener vivos cono­cimientos imprescindibles para un deportado, como tendremos ocasión de ver.

A diferencia de Calvo, y en aras de una más fácil lectura y de una concate­nación lógica y temporal de los acontecimientos, nosotros hacemos arrancar el presente libro de la crisis de la monarquía absoluta española, que tiene como pun­tos culminantes el motín de Aranjuez y el episodio de Bayona, para explicar desde ellos las razones del comienzo de la Guerra de la Independencia, es decir, del levantamiento popular producido en España para rechazar el cambio de dinastía y la invasión francesa. Continuamos después con la descripción de las operacio­nes militares, dando mayor relevancia al que fue teatro principal -no único- del conflicto, que se situó varias veces en la proximidad de Portugal; donde se encon­traba la base de la fuerza inglesa cuya derrota juzgó siempre Napoléon como el factor decisivo del conflicto peninsular; y analizamos también el carácter nacional de la guerra llevada a cabo por los españoles, junto con el pensamiento estratégi­co de los dos protagonistas militares de la misma, Napoleón y Wellington.

Precisamente el volumen de las tropas implicadas y la vecindad a Portugal son los factores que explican la importancia del sitio de Ciudad Rodriga en 1810. y es este asedio el que sirve de punto de arranque para el estudio de los horro­res producidos en la Guerra de la Independencia, uno de los cuales fue la depor­tación a Francia de combatientes como Cipriano Calvo. Después nos ocupamos de las condiciones de vida de los deportados españoles de la zona en que estuvo Calvo y, en último lugar, de la exposición de los sucesos de la rebelión española en Dinamarca, porque fue en la deportación antuerpina donde aquel tuvo cono­cimiento directo de ellos.

Al ser el de Cipriano Calvo un destino cruzado, a más o menos distancia, con Godoy, Fernando VII, Napoleón, la deportación española a Francia o la peri­pecia de La Romana, damos una importancia fundamental a todo lo que tiene que ver con esas situaciones o personajes. Tal es el caso del general John Moore y su cuerpo de ejército, relacionados estrechamente con la guerra en Salamanca y con el propio general La Romana, amén de que en la retirada del británico a Galicia se pusieron de manifiesto muchas de las violencias contra la población civil que caracterizaron la Guerra de la Independencia.

Las fuentes utilizadas en este libro tienen que ver con el objeto de estudio que hemos expuesto. No se conservan las Actas de la Junta Suprema de Ciudad Rodriga y, por tanto, para lo referente a la revolución que hubo en la plaza en junio de 1808, así como para lo tocante a su asedio de 1810, hemos acudido a las fuentes publicadas por Laca y Sánchez Arjona, que en el caso de este último son relaciones de miembros destacados de la Junta mirobrigense, y en el del prime­ro, papeles oficiales del general Herrasti. También hemos vaciado -con desigual intensidad- las Actas del Consistorio salmantino y zamorano, así como las del Claustro de la Universidad de Salamanca.

Para el conflico político del cambio de dinastía en España, de la revolución de 1808 y de la guerra, nos hemos servido fundamentalmente de los fondos del Servicio Histórico Militar, de la Biblioteca Nacional de Madrid y de la Biblioteca Nacional de París, donde se encuentran todas las fuentes editadas sobre tales procesos: correspondencia de Napoleón, Murat y Masséna, escritos y memorias de protagonistas del período como Godoy, Jovellanos, Palafox, Soult, José I, Talley­rand, Morvan, Ch. V. Vane -Stewart-, Desboeufs, Lord Blayney y un muy largo etcétera. Asimismo, y gracias a la ayuda del bibliotecario de la Universidad de Westminster, Javier Gorostiza, hemos podido utilizar una amplia selección de los despachos de Wellington -los del general John Moore ya han sido editados en castellano por la Diputación de la Coruña-, así como la obra de algunos memo­rialistas británicos.

Por lo que se refiere a los episodios que llevaron en 1808 a la rebelión en Dinamarca de la española División del Norte, hemos manejado la documenta­ción existente sobre el particular en el Servicio Histórico Militar de Madrid. Y hemos completado esa indagación con la consulta de los fondos del Archivo del Ejército de Tierra de la Torre de Vincennes, que contienen también información sobre la suerte posterior a la sedición de quienes los franceses llamaron los "desarmados en el Norte".

En lo tocante a la deportación española, hemos utilizado parcialmente las fuentes de los Archivos Nacionales del Palacio parisiense de Sully y de Vincen­nes, donde los informes de la policía imperial y la documentación de los Minis­terios napoleónicos de la Guerra y de la Administración de la Guerra ofrecen enorme cantidad de datos sobre traslados de prisioneros españoles, corres­pondencia intervenida de estos y condiciones de vida de los deportados.

En último lugar, la literatura nos ha servido de fuente secundaria, pero muy importante, de información. Sobre todo los episodios de Galdós, los recuerdos de Mesonero Romanos y Chateaubriand, las aportaciones novelescas de Alarcón y Baroja y el Teatro de Clara Gazul, de Merimée, entre otras obras.

Un buen amigo me informó de la existencia del manuscrito de Cipriano Calvo en el archivo de la catedral mirobrigense, donde había ido a parar en una accidentada secuencia de casualidades. Está escrito en prosa y en verso. En la primera se describen los sucesos en los que Calvo participó directamente -el sitio mirobrigense y el viaje de deportación-; y en verso, o en prosa versificada, aque­llos otros acaeceres en los que no tomó parte, pero que le fueron descritos por gentes que sí intervinieron personalmente en ellos, como los soldados de la Divi­sión del Norte, o que fueron conocidos de todos los españoles, como el cambio de dinastía y el comienzo de la Guerra de la Independencia.

Del análisis del manuscrito de Cipriano Calvo puede colegirse con facilidad que no se trata de un trabajo creativo, producto de la mera imaginación, como el que recoge la famosa historia del sargento Mayoral-el falso cardenal Borbón-, o la no menos fantasiosa de Aviraneta. Incluso las contradicciones, imprecisiones cronológicas y terminológicas, amén de los errores toponímicos del texto de Cipriano Calvo, nos han servido para confirmar que su texto responde a lo que su autor quiso que pareciera: la obra de un testigo. Calvo podría haber dicho lo que el héroe galdosiano de Trafalgar: "mi relato no será tan bello como debiera, pero haré todo lo posible para que sea verdadero".

Su testimonio memorial acerca de la Guerra de Independencia no es el único, ciertamente. Napoleón, a través del Conde de las Cases, José I, Talleyrand, un gran número de altos oficiales franceses, el hermano del general escocés John Moore y tantos otros rindieron también el tributo del recuerdo debido a aquel magno acontecimiento, en el que participaron. Pero justamente la peculiaridad de la obra de Cipriano Calvo es la de contener la visión de un soldado raso sobre una guerra tan decisiva en la historia europea. Calvo sería la versión española del famoso sar­gento Lamb, que, igual que nuestro soldado, quedó tan impactado contemplando y viviendo una guerra nacional, que decidió poner por escrito sus recuerdos, espe­rando sin duda la aparición de un benévolo editor que no los considerase un Láza­ro. Para nuestro caso, ese editor tiene un nombre y es el Centro de Estudios Miro­brigenses, al que agradezco su comprensión para poder publicar este trabajo.

No es la primera vez que se edita un texto de estas o parecidas características. En el pasado, Sánchez-Arjona publicó ya los papeles de José María del Hierro y Oli­var, así como extractos de un folleto del comisario de guerra Pablo de Anzano; J. de Ramón Laca hizo lo propio con el expediente profesional y los partes de guerra del general Herrasti. Hace ya algún tiempo, yo mismo edité la relación escrita por Sor Joaquina del Salvador acerca de los avatares del convento de las carmelitas de Salamanca de 1808 a 1813. Y más recientemente, el profesor Ricardo Robledo ha publicado las Noticias de Joaquín Zaonero y los Diarios de la época conservados en el Archivo de la Universidad de Salamanca. Todos estos trabajos, de innegable valor documental, han sido referencia obligada del que ahora presentamos.

En otro orden de consideraciones, es preciso señalar que si siempre es buen momento para que vea la luz pública un documento histórico, arrebatándolo de la oscuridad del archivo, quizá hoy sea particularmente saludable el dar a públi­co conocimiento el libro de Cipriano Calvo. Porque se asiste en estos momentos a un cierto proceso desnacionalizador en nuestro país, fruto de la desmemoria propia de las sociedades postindustriales, de la inserción de los ciudadanos en redes glo­bales y, también, de fuertes tensiones periféricas. Quizá por eso resulte conve­niente estudiar el momento germinal de la aparición ante el mundo de la nación española, que no fue otro que el de la Guerra de la Independencia. El hecho nacio­nal se convirtió entonces en una realidad indiscutible y el discurso nacional en un decisivo elemento movilizador de la causa antinapoleónica. Surgió así una nueva legitimidad revolucionaria, con la exaltación de la común pertenencia de todos a una colectividad singular, llamada España, en cuya articulación había trabajado de modo continuo, aunque sin resultados definitivos, la dinastía borbónica.

Debido a ello, no es nada extraño que la Guerra de la Independencia haya sido siempre terreno propicio a la investigación científica y también a la inspira­ción literaria, por estar enmarcada, además, en el dilatado ciclo de la revolución francesa y, situada, por tanto, en el origen del mundo contemporáneo. Sus perfi­les épicos muestran rasgos tan pronunciados, que autores como Merimée, Gal­dós, Tolstoi, Baraja o Malraux abordaron ese tiempo amalgamando siempre ima­ginación creativa y realidad histórica. Es muy sintomático también que el escritor a quien Borges consideraba maestro de la novela fantástica, Leo Perutz, eligiera la Guerra de la Independencia española como laboratorio en el que realizar la metamorfosis de su Marqués de Bolíbar.

Incluso hoy se advierte, no un boom, pero sí una recuperación de la atención de la novela histórica hacia la época que refleja el memorial de Cipriano Calvo, lo que ha contribuido no poco a popularizar otra vez aquel mundo, nunca del todo olvidado. En algún caso, como en el relato de Pérez Reverte sobre los españo­les que combatieron en Rusia enrolados en el regimiento José Napoleón, no se va mucho más allá de una insípida historia, escrita con sorprendente ignorancia de lo acontecido a aquellos soldados, a cuya peripecia, sin embargo, prestaron aten­ción historiadores y memorialistas franceses bien conocidos. En otros casos, como en las dos novelas de Vallejo Nájera sobre José Bonaparte, el abundante y profesoral manejo de documentación bibliográfica agosta quizá el nervio narra­tivo. Mayor exigencia muestran, y mejores resultados obtienen, El cuarzo rojo de Salamanca y El bobo ilustrado, de Luciano González Egido y José Antonio Gabriel y Galán, respectivamente. Siguiendo la peripecia vital de un joven estudiante, en el primer caso, y la de un apático boticario, en el segundo, ambos autores recons­truyen eficazmente aquel período germinal de nuestro siglo XIX.

Germinal y también decisivo, pues en él apareció en la Historia la nación española. Desde luego, no ha vuelto a haber nunca en nuestra existencia como pueblo un sentimiento de autoidentificación colectiva tan hondamente sentido como el que los españoles tuvieron de 1808 a 1814. Fue tan intenso que, por lo menos hasta la revolución de septiembre de 1868, no se oyeron voces reivindi­cadoras de solidaridades locales, salvo en el carlismo, con su conocida y obsti­nada defensa de la foralidad tradicional, percibida por la mayoría de los espa­ñoles como algo retrógado por no cimentarse en la libertad de los ciudadanos.

Por eso no hay nada de extraño en el revival literario de la Guerra de Inde­pendencia al que hoy asistimos -y al que sin duda continuaremos asistiendo-. Y creemos que no hay igualmente tampoco nada de extraño en que se conozca la obra de Cipriano Calvo.



Fuente: CEM

C.E.M. © Centro de Estudios Mirobrigenses:: Martes, 7 - Septiembre - 2010